En este espacio se habla mucho acerca de la vida que llevamos como estudiantes. Sin embargo, pocas veces vemos el punto de vista de aquellas personas que integran el otro lado de la vida académica: los maestros.
No, no, no. Hoy no escribiré acerca de la experiencia de gente extraña, sino de una experiencia personal.
Este semestre empecé a dar clases en una preparatoria. No es nada del otro mundo, un par de horas a la semana. Nada mal para quitarme la espinita de querer dar clases.
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La mayoría de las veces ni siquiera notamos dichos cambios, sólo los vamos efectuando como un paso más en nuestra rutinaria vida, pero si nos ponemos a pensar detalladamente nos daríamos cuenta que tanto hemos cambiado.
No existen parámetros definidos en cuanto a lo que es correcto y a lo que no.
pasar que ni siquiera sabemos la verdad o realidad de las cosas, pero de igual manera criticamos como si fuéramos dueños de todo conocimiento, tal vez pensemos que los únicos que tenemos la razón somos nosotros mismos.
mujer que seguramente pasó por algo similar que o que he vivido hace apenas un par de horas.
y yo no pierdo el tiempo con personas que no van a dejar algo bueno en mi vida.
sus ganancias.
televisor, numerosos programas dedicados a la pasión y muerte de Cristo.
La moneda vecina (el dólar) la disfrutamos, nos creemos dueños del mundo cuando la tenemos, pero cuando se termina nos arrepentimos por haberla gastado.
América. El que desde hace años, ha tratado a nuestros compatriotas como gente indeseable.
“Para mi que me han hecho brujería” -me comentó hace unos días un amigo que estaba pasando por una de esas rachas de la llamada “mala suerte“.

