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Como cambia nuestra manera de pensar cuando crecemos

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Lo que sueñan los niños y lo que añoran los adultos.
Es curioso como trabaja la mente del ser humano. Hay cientos de cosas que desde pequeños aspiramos lograr. Millones de cosas que quizás, en un arranque de confusión recurrente, olvidamos y guardamos en pequeñas cajas que ocultamos en ocasiones con vergüenza o inseguridad.
nino_montana.jpgLa vida es para jugar con ella. Y hay que jugar sin miedo.
Recuerdo hace tiempo que estaba en un café con mi amiga Dania y comentábamos precisamente acerca de eso. Ella es maestra de preescolar y tiene oportunidad de trabajar con niños que no superan los cinco años de edad, y me comentaba acerca de la sinceridad con la que los niños le platican sus aficiones, lo que les gusta, lo que no y la forma en que ven la vida. Claro está, su “visión” es bastante limitada y su asimilación hacia ciertas cosas resulta interesante para observación.
Los niños no poseen algo que nosotros desarrollamos conforme crecemos: el miedo.
¿Quien no ha escuchado al papá o a la mamá decirle al niño “si te portas mal, el coco viene por ti”? Aunque suene ridículo, por eso se empieza.
Los niños no le temen absolutamente a nada de forma natural. Gran parte de los temores que acumulan conforme crecen son hacia la sociedad. El miedo al rechazo, el miedo al fracaso, el miedo al qué dirán o incluso el miedo a defenderse son parte de ellos.vivir_con_la_libertad_de_un_infante.jpg
Recuerdo que de pequeño tuve un altercado en uno de mis primeros días en la escuela primaria. Un niño de sexto (más grande y fuerte que yo, por supuesto) me quería quitar de un columpio en el que yo estaba y me empezó a empujar. Por un instante, no me importó el que dirán, ni si me correrían por pelearme, mucho menos el hecho de que no tenía forma de ganarle, lo único que me importaba era defender mi posición.
Claro, recuerdo claramente como intenté pegarle repetidamente de forma fallida, y que él sólo con pegarme en la cara me dejo en el suelo, sangrando de la nariz y por supuesto, llorando a más no poder.
Toda mi vida he tomado ese recuerdo como impulsor para lograr mis metas. He tratado de pensar como un niño sin miedo para poder alcanzar objetivos que por más inalcanzables que parezcan. Quizás sea el hecho de que en aquella ocasión todo quedó sanado al pasar un par de horas pero jamás me quedé con las ganas de luchar por lo que quería defender.
ninos_celebrando_felices.jpgHay personas que se decepcionan de sí mismas, creen que no lograran nada sin importar cuantas veces lo intenten y se enfrascan en “futuros comunes” que lo único que les aporta es seguridad y confort que a su vez los mantiene alejado de los miedos y los riesgos. Viven vidas de adultos y señalan como niños e inmaduros a todos aquellos que quieren cambiar las cosas, a quienes tratan de abrir caminos distintos.
Es curioso como esas personas que dicen “que saben lo que quieren” quieren exactamente lo mismo que millones de personas a su alrededor: mucho dinero y un trabajo o puesto de alto nivel jerárquico que les permita comprar cientos de cosas y etiquetas de estatus que avalen su supuesta superioridad. Su mente y a la vez sus objetivos giran en torno al miedo. Son personas obscuras y vacías a las que sólo se les alimenta cada quince días, para que puedan evitar a toda costa sentirse como niños. Ya no son libres, ni son felices. No persiguen un sueño real, felicidad ni libertad, solamente necesidades efímeras y viscerales.
Desde hace un par de meses he estado estudiando ese comportamiento y viviendo en carne propia la segmentación que se hace la sociedad a si misma. Sin embargo, siempre hay elección y se debe considerar que la libertad y los sueños tienen un costo. Podemos ver el mundo como nos venga en gana. Ya sea como una hipótesis subjetiva hacia la vida o como un estricto procedimiento social, todo radica en si queremos tener miedo o no. Es decir, ser niños o adultos.

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